Admin abril 7, 2019
aguilarorejaags

Aguascalientes, Ags / Sergio Martín del Campo

Se ofreció la sexta función menor ante un lleno en los escaños del viejo coso del barrio de San Marcos de Aguascalientes.

Para ello, los patrones de “Arellano Hermanos” desembarcaron, no seis novillos, sino seis toros de intachable presencia, con cuajo, trapío y bella lámina. Por estas características fenotípicas, cinco de ellos fueron recibidos con palmas de la parroquia cuando aparecieron en el anillo. En contrapartida, resultaron malos de verdad; sosos, peligrosos, resabiados e “indeseables”.

Esto representó un examen severo para los actores, quienes fueron calificados, dado su atinado desempeño en general, con calificación aprobatoria. No fueron animalitos de entra y sal, no, que va, resultaron cada uno serios e impredecibles sinodales que, de cualquier modo, otorgaron interés a los aficionados durante toda la tarde.

Si bien, cinco de los bicornes fueron a la suerte de varas recargando en los acorazados equinos, ante las telas desenvolvieron series interminables de complejidades que habrán sido una lección enriquecedora para los tres chamacos que aspiran ganarse la vida en la bárbara profesión de lidiadores de reses de casta.

Con una exquisita y útil brega, el potosino José Sáinz (palmas y al tercio) firmó su carta de visita. Ya en el bloque muletero, su técnica y, en general su buen desempeño, le redituaron la aprobación de los conocedores. El adversario fue incierto, probón y peligroso, pero en todos los pases sucumbió ante la sarga, engaño que usó el joven de modo notado y en forma adecuada, concluyendo la oficiosa actuación matando habilidosamente.

Ante su segundo, un cárdeno de violentas medias embestidas, nuevamente hizo emerger su calidad lidiadora. Engallado e inteligente, firme se plantó en la arena y reciamente usó la muleta para burilar una faena de diáfano mérito. Con aguante sincero se hizo pasar al antagonista sobre ambos flancos, rayando en el aire muletazos heroicos, aunque manchando el acto con una estocada cabalmente defectuosa.

El segundo fue un bicorne soso, tentaleador y malicioso, campo fértil en donde el peninsular Alfonso Ortiz (palmas y división) hizo brotar oficio, talento y recursos para, sobre ese basamento, hurtarle muletazos de clara transparente torería, formando un interesante, sobrio y serio trasteo al que lamentablemente no pudo coronar del todo bien cuando desenfundó el estoque.

Y hubo quinto muy malo; animal resabiado él, que nunca se entregó a los vuelos de la sarga. Por su parte, el joven madrileño no tuvo otra opción que salir del compromiso decorosamente al emplear la muleta, pero matando de un golletazo.

El fresco joven aguascalentense Miguel Aguilar (al tercio, silencio y oreja en el de obsequio) aguantó macizo las primeras embestidas del tercer adversario para manifestarse con un ramillete recio de verónicas. Entrado al tercio mortal, el bien armado bovino se dio engañoso; probaba y acudía paso a paso con la testa en alto, sin embargo, el de seda y oro rubricó otra boleta en la que confirmó que el éxito de su presentación no fue circunstancial. Bien encajado en el albero, serio, concentrado y con su muleta mandona, obligó al ungulado a pasar por la faja en un trasteo inteligente y valiente al que acertó a terminar con la toledana al segundo viaje, dejando ésta en sitio eficaz.

Un cárdeno cerraría plaza; peligroso como él solo; tal serpiente, se retornaba en las delanteras al igual que se colaba en busca de las carnes del chaval, quien a media faena decidió regalar un séptimo ejemplar. Y se quitó la aldaba al portón de toriles por cuyo espacio salió “Perla Negra”, quemado con el No. 510 y el hierro de Santa María de Xalpa, soportando sobre su dorso 384 kilos, peso muy inferior al de los bóvidos de la divisa titular, pero no desmereciendo en trapío. Claro, la presencia, la buena crianza y el cuajo nada tiene que ver con la “romana”. Negro de capa, bravo, de pareja lidia en los tres tercios, encastado, fijo, codicioso y con un pitón siniestro sensacional; sobre tal flanco embistió extensamente surcando la superficie con sus húmedos belfos.

Y con él no pudo Aguilar. Si bien, su afición, entusiasmo, hambre de ser y valor fueron virtudes innegables, su labor careció de son, estructura, buena colocación y adecuado espacio. Cada acometida de la res fue una tempestad que el arlequín sorteó las más de las veces con sabanazos, intercalando algún pase de valía torera. Vino la suerte suprema, pinchando antes de hacer morir al antagonista de media estocada tendida, siendo premiado de modo absurdo con un apéndice.