Admin agosto 31, 2019
Goyesca-ronda

Daniel Herrera

La Goyesca de este año, desde dentro de la plaza de toros de Ronda, se vivió con la misma expectación que se repite desde hace sesenta y tres ediciones. Desde fuera, se privaba a la Ciudad del Tajo de vivir uno de sus días grandes. La decisión del empresario Francisco Rivera Ordóñez, con la connivencia de la Real Maestranza de Caballería, de adelantar este festejo a la Feria de Pablo Romero le ha quitado el carácter popular a este evento, no viviéndose en la calle el fervor al que estamos acostumbrados.

En el interior del histórico coso, los privilegiados que pudieron adquirir una de las selectas y exclusivas entradas para ver el mano a mano de Morante y Pablo Aguado (que sustituía a Roca Rey), vivían su fiesta; alejada del pueblo que dentro de una semana, cuando realmente sea la feria rondeña en honor al primer matador de toros a pie de la historia, tendrá que irse a una plaza portátil que se instalará en el extrarradio. Esperemos que vuelva la cordura para la próxima edición, y la Goyesca vuelva a ser la Goyesca de Ronda.

Noble fue el primer toro de la ganadería de Juan Pedro Domecq, al que recibía el de La Puebla del Río con verónicas despaciosas y rematando con una media en la que dejaba constancia de sus privilegiadas muñecas. Tras realizar un quite por delantales, quedó patente que el astado estaba muy justo de fuerzas, a pesar de medirse el castigo en el caballo. Inició la faena por el pitón izquierdo, con pases de uno en uno; destacando algún natural suelto muy templado. La condición apática del burel, sin ambición y sin emplearse llevó al hastío a un Morante que no estaba dispuesto a darse coba y abrevió.

Más son tuvo el segundo, en el que nuevamente destacaba con el percal en un quite por chicuelinas galleando. Tras brindar al secretario general de VOX Santiago Abascal, arrancaba una faena cargada de detalles más que de rotundidad y por la que fue premiado con una oreja. Negar la clase y gusto de este diestro sería absurdo deleitándonos con derechazos templados durante un trasteo con pasajes de gran despaciosidad y empaque.

Quiso recuperar en el último que le correspondía una suerte antigua como es el salto de la garrocha con la participación de Raúl Ramírez. Tras brindar al público, lo trasteó por bajo y se fue a por la espada entre protestas. En lo que fue una constante de todo el encierro, con su fondo de nobleza, los toros acusaron en exceso su falta de fuerza y, sobre todo, su falta de casta.

Pablo Aguado nos dejó con la miel en los labios en su primero, al que lanceó a la verónica con esmero, con una gran media enroscándoselo de cierre. Prosiguió con elegancia en el tercio de varas, y cuando todo apuntaba a lío, el toro se mostró inválido y acobardado, amagando incluso con echarse y provocando la decepción colectiva.

En su segundo volvió a poner las espadas en todo lo alto de inicio. No se puede torear a la verónica más despacio. Como parando los relojes, cada capotazo parecía eterno… Con la muleta, tampoco fue toro de triunfo. Rebrincado y brutote, se le coló por el pitón derecho y no se entregó al engaño que le presentaba el trianero. Siempre a favor de la querencia, se embraguetó en los pasajes finales de un trasteo estético y parsimonioso que fue muy jaleado por los partidarios, cada vez más numerosos, de este nuevo torero de Sevilla. Tras media estocada en buen sitio se le solicitó una oreja.

Con el sexto se jugaba el destino de esta Goyesca de 2019. Soberbio nuevamente con el capote, fue ganándole terrenos hasta el mismo centro del ruedo. La respuesta del público, lanzando sus sombreros a la arena, fue una imagen añeja para el recuerdo. Silencio, expectación máxima tras el brindis al Morante. Y decepción. Derrengado, el burel claudicaba repetidamente en una triste imagen.

A la desesperada, para apartar el amargor, el diestro solicitaba un sobrero de regalo, con el visto bueno del presidente y el director de lidia. Del Hierro de Domingo Hernández, fue largo al capote. Rodilla en tierra comenzaba la faena, en la que por fin llegó la gloria. Se hizo esperar pero valió la pena por disfrutar de su templanza con la franela en una labor medida e inspirada rematada con una gran estocada que le valió las dos orejas y una triunfal salida a hombros de la plaza de toros más bonita del mundo.