TERNA A HOMBROS EN SANTANDER

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Santander, España / Juan Antonio Sandoval

Los tres diestros salieron a hombros tras repartirse un total de seis orejas.

El primero, sin remate, se empleó en el caballo. Le dieron de firme y todo en una vara. La sangre tiñó las pezuñas de ambas manos. Ponce buscó el abrigo del viento donde anunciaban calma los papelillos de fumar.

Enseguida rompió la Banda Municipal con “Suspiros de España”. ¡Ay, el motor del toro de Garcigrande! Tragaba dos y se paraba. Sin celo. Sin emoción. ¡Ay! Ni Ponce pudo resucitar semejante alma cándida. Aunque algo de fiesta le dio, a media altura.

Al segundo, por contra, no le pegaron apenas en el jaco. Escupió su recortada anatomía hacia chiqueros. Para tornar enseguida a la pelea. Al socaire de su galope, El Juli quitó por zapopinas. Temple mexicano tuvieron los trincherazos y el cambio de mano del prólogo julista. Dos series, ambas con tres naturales y el de pecho de gran sabor, salpimentaron la embestida dócil.

Esa era la mano del toro, con su mansito irse para siempre retornar a la sedosa muleta de Julián. Que volvió a la derecha, donde pulió el ligero cabeceo en la ronda rotunda que catapultó la faena. El epílogo, con circulares rematados y un pectoral al ralentí. El cañonazo de la estocada explosionó en una pañolada que valió la oreja. Y pidieron la segunda.

Esa era la mano del toro, con su mansito irse para siempre retornar a la sedosa muleta de Julián. Que volvió a la derecha, donde pulió el ligero cabeceo en la ronda rotunda que catapultó la faena. El epílogo, con circulares rematados y un pectoral al ralentí. El cañonazo de la estocada explosionó en una pañolada que valió la oreja. Y pidieron la segunda.

El de Domingo Hernández que hizo tercero, largo y escurrido de carnes, manseó de salida, buscando el abrigo de los tableros. Lo mismo en varas, saliendo rebotando de la contraquerencia.

Con ambas rodillas en tierra puso de su lado Ginés Marín a la concurrencia. La falta de raza del toro le impedía ir más allá del medio muletazo. Y de mediano no pasó aquello. Comenzaron ambos en el tercio del tendido 2 y a él retornaron tras recorrer todo el ruedo. En la suerte natural viajó el acero, caído. Cuatro Caminos no entró en sutilezas: hubo trofeo.

El cuarto comenzó perdiendo las manos. Tanteo de manos altas para afianzarlo. Pausas entre series. Enseguida llegó el ataque de la muleta siempre puesta, a veces en carrusel, tapando los resquicios de la casta contada. Luego, una mixtura de poncinas y derechazos con pierna flexionada. Los cambios de mano marca de la casa abrochaban las series, con el deslucido salir mirando al tendido del animal.

Mas la grandeza de Ponce lo tapó todo. Al compás de la nobleza del animal. Mientras, la Banda Municipal interpretaba a Morricone.

Se sucedieron tandas diestras cortas y ligadas. Mayestático el ademán, la figura vertical y flexible. Se mantuvo el ritmo ascendente hasta el espadazo, que tardó en matar por lo tendido. No importó. Dos orejas, y Ponce navegando viento en popa hacia El Pilar, con una canción marinera ondeando en los tendidos y gritos de “¡torero, torero!”.

Salió dormido el quinto, de amplio esqueleto y pocos pitones. El Juli, espoleado, desde el quite por chicuelinas y los toreros doblones rodilla en tierra. Lo empujó hacia adelante, sorteando el tornillazo final, en dos series densas de naturales muy profundos. Ahí se rindió el Garcigrande.

Juli lo exprimió por ambos pitones. Sin concesiones. Aderezando la perfección de su toreo fundamental con pases de todas las marcas. Esta vez lo pinchó, mas sumó el trofeo que le separaba de la puerta grande.

Traía carbón y derrotes secos en su pitón el derecho el sexto. La mano fuerte de Ginés Marín, la zurda, no abundó en calidades. Tampoco era un dechado de clase su antagonista. Un circular y las ceñidas bernadinas bastaron para encandilar al público. Lo mejor, la estocada. Cuatro Caminos quiso a los tres a hombros. Y lo logró.

Cinco toros de Garcigrande, de escasa y desigual presentación. El primero, muy castigado en varas, sin motor; de gran nobleza el segundo; con duración y más nobleza que casta el buen cuarto; con dócil clase el quinto; de viaje corto el sexto. Y uno, tercero, de Domingo Hernández, manso.

Enrique Ponce, silencio y dos orejas tras aviso.

Julián López “El Juli”, oreja y oreja tras aviso.

Ginés Marín, oreja y oreja tras aviso.